Время  7 часов 47 минут

Координаты 2506

Uploaded 16 августа 2016 г.

Recorded августа 2016

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2 265 m
850 m
0
9,9
20
39,79 km

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рядом с Azarrulla, La Rioja (España)

SAN LORENZADA A LA DEMANDESA


Lo bueno que tiene el cometer errores es que, si eres inteligente, aprendes buenas lecciones de ellos. Hace pocas fechas, por estas mismas tierras, aprendimos que el duatlón cerveza-bici no compagina bien y que, beberse 3 camiones cisterna de Mahou el día antes de la ruta, generalmente, acaba en hecatombe fijo. Así que, el día previo al etapón y a pesar de ser el cumpleaños de Lorena, que nos cumpla muchos más, decidí cuidarme mucho y dejar a un lado las pitanzas y bebercios típicos de estos eventos. El pajarón matutino sufrido ese mismo día, la fiebre, el mal estar, la falta de sueño y las sudoretas, aconsejan amarrar el caballo y no castigarse mucho el cuerpo, en ninguno de los sentidos. Al final del día sólo un par de Mahous, que una cosa es no abrevar y otra es no cumplir con los mandamientos sagrados de nuestra Mahoumetana religión.

La noche anterior al San Lorenzo no está siendo nada prometedora. Sudores fríos, febrículas y tiritonas ponen en muy serias dudas la posibilidad de realizar la etapa. Joder, después de mucho tiempo esperando hacer esta etapa, resulta que se puede ir todo al carajo. Está claro que hacer planes sólo sirve para perder el tiempo.

Amanece. Después de pasar una noche lamentable abro los ojos. Me doy al botón de autoanalización y veo que la tempestad ha remitido, llega la calma. Mi primera imagen dominical es la de Nacho mirándome fijamente entre la semioscuridad del salón. Sin gastar el buenos días de rigor, me dispara directamente un ¿Cómo estás? Suena un redoble de tambor, turrrururururururururururururummmmmm rummmmm. Estoy bien, nos vamos para arriba, dos cojones cántabros ahí.

Como en las otras quedadas, y para ahorrar tiempo por la mañana, no tenemos nada preparado. ¿Para qué preparar nada si puedes perder media hora al día siguiente sin el menor de los remordimientos? Recogemos la cama, desayunamos, preparamos lo impreparado y se buscan alivios intestinales para llevar la menos carga posible. Bueno, lo intento yo, porque aquí, el amigo Nacho, tiene como vicio aliviarse constantemente, cuando lo necesita, cuando se aburre, cuando no tiene otra cosa que hacer. Él se alivia constantemente, tol rato, tol día.

Empezamos. Ante este reto sólo estamos media ración de Orejada Power. La otra mitad esta en modo metocolotiernoypasodelabici o en modo vacacioneszampanzarras. Después vendrán con la turra de que yo también quiero, llevarme que yo también quiero. Hace mucho tiempo que teníamos el San Lorenzo en la carpeta de asuntos pendientes y, como la ocasión se presentó así como de repente, era cuestión de dar lo mejor de nosotros y no dejar de pasar la oportunidad. Si no se hace cumbre hoy quizás haya que esperar mucho tiempo para volver a intentarlo. Demasiados frentes abiertos como para hacer novillos en próximas batallas.

Y salimos con los fríos de agosto, matutinos y mentirosos, que no por ser veraniegos han de enfriar menos y tampoco se han de tomar a risa. Si el sol fuese zurdo de nacimiento y saliese por el oeste, no nos desayunaríamos sombrías veredas y congelados descensos a Ezcaray, cosas y misterios de solsticios y equinoccios. Pero bueno, las gallinas que salen por las que entran. Si no quieres que el solazo se siente en tu manillar al medio día, has de lidiar con los Celsius en modo escalofrío.

Llegamos a los pies de la carretera LR-416, cordón umbilical que une el valle con la estación de ski de Valdezcaray, campamento base desde donde atacar el intento a cumbre al San Lorenzo pero, hasta este punto, aún nos quedan unos cuantos kilómetros de subida y una buena ración de pedales y piñones. Son 13 kilómetros de subida serpenteante hasta la estación pero, como el amigo Nacholo tiene alergia al asfalto y hay que subir todo por el monte, sólo gastamos dos kilómetros de carretera y tomamos el desvío a la izquierda que nos adentra en la pista forestal de Bonicaparra.

La pista, de 8,3 kms de ascensión, es cómoda, elegante, muy parecida a todas las de esta zona. Bosques frondosos, curvas y recurvas y vistas inmejorables. Pedalada a pedalada vamos cogiendo altura sin apenas penalización física. El ritmo es trotón, rozando lo dominguero, y sin dar un pedal de más si no hay que darlo, por que sabemos de nuestro estado físico actual y, sobre todo, por que no podemos regalarle una gota de sudor gratis al enemigo que más arriba nos espera. Nos ponemos en modo verano azul y piano piano, se anda lontano. Nos cruzamos de nuevo con la manada de vacas que ayer nos quisieron boicotear la ruta obstruyendo la senda de bajada pero, esta vez en la parte superior del monte, en el Collado de Sagastia, donde las vistas del Valle del Oja son descomunales. Nos saludamos cariñosamente, por eso del que el roce hace el cariño, y tras despedirnos de la jauría vacuna procedemos a descender los apenas 3 kms que nos separan de nuestro primer punto y parada de avituallamiento, Bonicaparra.

Ayer también estuvimos por estos lares, pero en versión retirada a tiempo es una victoria. Hoy las sensaciones son muchísimo mejores que las de entonces aunque el miedito a repetir desastre sigue latente constantemente. Esta es una zona de recreo con merenderos, fuente y una caseta grande a especie de refugio. Comemos algo mientras seguimos dilucidando el camino a tomar hasta el San Lorenzo. Un grupete de ciclistas llega a nuestra altura y al comentarles nuestro destino, nos miran como si estuviésemos un poco taraos y nos dan su pésame por el trabajo que aún nos queda por delante.

Toca continuar y coger el camino de Miuzanazas, una pista que, parece que no, pero pica hacia arriba que se las trae y que se hace bastante incómoda. Hace tres años también pasamos por aquí camino del Chilizarrías y hoy estaba teniendo las mismas incómodas sensaciones que entonces, a pesar de ser un camino precioso entre bosques de pinos, pero bueno, una cosa no quita la otra. Dejamos atrás la frondosidad del bosque y su protección del sol y al llegar a las zetas hacemos una pequeña parada para descongestionar espaldas y beber algo de agua. Desde este punto se acabaron las arboledas y empezamos nuestro cara a cara particular con la solanera riojana. Ya no habrá sombra donde resguardarse hasta llegar a la estación de ski. Acabadas las zetas conseguimos llegar a los pies del Chilizarrías y, desde este punto, por primera vez en el día, el San Lorenzo nos muestra su cumbre, allí, a lo muy lejos y, allí, a lo muy, muy arriba. El cuerpo se desencaja y resopla viendo lo que aún queda pero, aquí es donde vais a pagar, con sudor, si queréis la fama. Nacho va lloriqueando todo el camino plañendo por lo que nos espera y lo duro que va a ser todo pero, intento no escucharlo ni hacerle mucho caso por salubridad psíquica. Bueno, tampoco me cuesta mucho porque es lo que llevo haciendo los últimos veinticinco años.

Por fin llegamos al campamento 2, el cercado de ganado de Márulla. Desde este punto tenemos una gran visión y perspectiva de lo que nos queda por delante hasta la cima. Se valoran dos modos de acometer la cumbre. Una más sencilla pero menos bonita y otra bastante más complicada pero mucho más elegante. Ninguna de las dos es fácil, eso está claro pero, después de una mínima valoración, decidimos atacar la parte más bonita que así más bonitas serán las fotazas. Aquí lo que importan son las fotos chavales, el dolor de piernas y esas mariconadas es totalmente secundario. ¿O no? Repetimos la foto que hace 3 años nos hicimos en el Collado Miuzanazas y proseguimos la ruta, que vamos muy bien pero, hay mucho por delante todavía.

Viene el tramo de Beneguerra, una pista de césped campo a través que se agarra a las ruedas y castiga mucho a las piernas y que, unido al calorón que ya acontece a estas horas del día, la falta de sombra, la gran cantidad de moscas e insectos que revoloteaban alrededor de nosotros y la pendiente pronunciada, hacen un tramo bastante más que estomagante. Poco a poco seguimos sumando altura y a nuestra derecha aparece majestuosa la vista del valle que alberga la carretera que lleva a la estación de ski, zigzagueante, con unos espectadores al fondo de lujo. Nada más y nada menos que el Montelaszarras, el Torocuervo, el alto de las neveras y El Hombre, jueces y parte de la Sierra de la Demanda, nos vigilan en nuestra ascensión, quizás envidiosos de no ser ellos los protagonistas del día, como ya lo fueron en antiguas rutas. Incomprensiblemente y, por arte de nada por aquí, nada por allá, aparece un fulano de tal que tiene no sólo la desvergüenza de darnos caza, sino que tiene las pelotonas gordas de dejarnos atrás, andando, sin remordimiento alguno, dejando a las claras la velocidad de crucero que en ese momento llevábamos. Bueno, más que velocidad crucero se asimilaba más a velocidad mula vieja. Bueno, pues como no podemos seguirle el ritmo, pues nos hacemos unas fotazas y que se joda.

Llegamos al Collado de Beneguerra y hasta aquí discurre el camino de ascenso en común con el Chilizarrías pero, esta vez el destino es otro así que, tomamos el sendero que se va por la derecha y que nos adentra de lleno en la senda de los Serrano. Al inicio de la senda nos encontramos una fuente donde poder repostar los bidones, beber agua fresca y comer un poquito de chocolate con pan. Observamos que recientemente aquí ha habido una encarnizada lucha a vida o muerte entre aves ya que está todo lleno de plumas. Si por el número de éstas hay que medir el fragor de la batalla, aquí se ha librado la tercera guerra mundial avícola. ¡! Buah chaval, que masacre¡¡.

La senda de los Serrano, sin duda el tramo más complicado y menos ciclable del día. Une el collado de Beneguerra con la estación de Valdezcaray. Es un vericueto muy técnico y complicado, plagado de piedras de todos los tamaños, escalones y raíces. A medida que vas avanzando va apareciendo la silueta del coloso. Ya no está tan lejos. Ahora está ahí, al lado, enorme, brutal, descomunal, con esa estación de ski a sus pies y esas pistas que le tatúan la piel. Me quedo anonadado ante su presencia y quizás sea ese el motivo por el que pierdo el equilibrio y acabo rebozado de brezos, cabeza abajo y con la bici aparcada encima de mí. Carajazo outdoor en las Gaunas, dificultad nueve, medalla de oro en carajazos tontos. No hay dolor alguno así que, solicito documento gráfico para que la instantánea quede en los anales de la Orejada Power.

Seguimos el acercamiento hacia la estación y a la altura del aparcamiento paramos para echar una buena tanda de fotos porque la imagen, al menos para mí, que era la primera vez que estaba allí, era impresionante.

Y aquí estamos ya, a los pies del san Lorenzo, los cuales resultaron ser todo una estación de ski. Desde aquí abajo todo es más descomunalmente enorme, uno se hace muy pequeño y pensar que hay que subir allí arriba hace que se desencajen las carnes.

Pero para eso hemos venido hasta aquí y para eso hemos ciclado ya lo ciclado para llegar hasta aquí. Hacemos una porra de tiempo y más menos ambos coincidimos en que aún nos quedarían un par de horas largas para llegar a ver a la Virgen. Al final, nos equivocamos en diez minutos más menos.

Hay que empezar la ascensión. Me siento como un alpinista que da su primer paso desde el campamento 4 para atacar la cumbre. No se que tiene esta montaña pero cuanto más la miro, más me gusta. Las pistas de ski como cicatrices, los pedreros, los telesillas, las casetas de éstas, la cumbre, los cañones de nieve y las maravillosas vistas, mires donde mires.

Seguimos. Accedemos a las pistas para llegar a la zona de la estación donde esta la cafetería, zona donde realizaremos el último avituallamiento antes de llegar arriba. Pero aún nos queda un buen tramo de desnivel y de portear la bici, ya que ascendemos por la pista de ski llamada Pala Lisa, una pista roja que en invierno, cuesta abajo y con dos metros de nieve, seguramente es muy cómoda pero hoy es un auténtico calvario. Buscamos el zig-zag para negociar mejor el desnivel, intentamos no destrozar las zapatillas de la bici entre las piedras, hechas para otros menesteres mucho más cómodos y, sobre todo, intentamos acabar lo antes posible el tramo porque es un auténtico martirio. ¿ Palalisa? Para lisas mis pelotas, copón.

Llegamos a un cañón de nieve donde paramos con la excusa de unas fotitas guapas pero la parada es más de recuperación aeróbica que de artes fotográficas. Un poco de hidratación, que el sol castiga de pleno, y seguimos por la pista que desde aquí comparte recorrido con la pista azul llamada Los Tubos. Unas decenas de metros después, más livianos eso si, pero no fáciles, llegamos a la zona de cafetería llamada El Freskito. Otra vez se han equivocado con el nombre por que de frasquito nada, más calor que el salpicadero de un Panda al sol. Sudoreta power en modo poros desbordados.

Aquí toca recuperar fuerzas, comer, beber y mentalizarse de lo que nos viene encima y podemos ver enfrente. Nos sentamos en un telesilla de la zona inferior del remonte de Campos Blancos a relajarnos un rato, hacernos unas fotos y echarnos unas risas con el disparador por sonido del móvil…¡¡Güisqui!! . Sentados allí, mirando lo que se nos avecinaba, me sentía como cuando tenía que dar las notas a mi padre con tres suspensos para septiembre, cuanto más tarde llegue el momento, mejor. Venga vamos, ¿somos la Orejada o somos una manada de gallinas maricas? Me hubiese gustado que ser una pareja de gallináceas requetes pero, somos orejones así que, vamos parriba, caraaajo.

Nuestro inminente rival es la pista azul de Campos blancos cuyo primer tramo inclinado nos ayudará a llegar a cresta de la montaña que posteriormente nos llevara a nuestro objetivo. Es un tramo duro, bueno, muy duro, de piso rocoso y que no gusta a las ruedas de las bicis. Estas cansado y la larga recta te penaliza mentalmente, no puedorrrrrr. Nacho va por delante de mí, cada uno a su ritmo. Cada kilómetro anterior ya recorrido es un pinchacito de dolor en los abductores. El hacer alguna foto es la mejor excusa para parar y tomar aire y tomar sangre en las piernas, en modo tablón desde la última parada.
Aquí cuando se dice de echar una foto se para, jamás ha ocurrido el solicitar foto por parte de alguien y no respetar la petición. El segundo tramo de este zigzag es aún peor. La pista sólo te deja un pequeño sendero medio cómodo y medio limpio de grandes piedras y por ahí subimos, retorciéndonos encima de la bici, con la mirada del San Lorenzo en el cogote y esa media sonrisa de ser superior que suponía que estaría poniendo porque, al menos yo, era incapaz de levantar la nariz por encima del manillar. Cuando hay que sufrir se sufre, y más cuando ves que da su fruto pero, aquí me doy cuenta que voy más lento en bici que andando y que parezco un equilibrista así que, decido echar pie al suelo y acabar así los últimos cien metros hasta el próximo falso llano más falso que he visto en mi vida.

Desde este mismo punto, el espíritu de Cantinflas se apodera de mi cuerpo y empiezo a andar como él. El cuerpo medio desencajao y los glúteos para carne para picadora. Pero hay que seguir. Unas fotitas guapas, mejor dicho, muy guapas, y un pequeño disgusto cuando un señor que bajaba de la cumbre nos comunicó que arriba no había bar.

Desde este punto solo quedan dos tramos diferenciados. Un tramo corto pero medio imposible hasta el telesilla superior de Campos Blancos y un tramo final imposible hasta la cumbre del mastodonte este. El primer tramo es medio imposible porque desde la mitad es imposible de subir encima de la bici y el segundo es imposible porque desde el metro cero se empuja la bici como se puede.

Último parón antes de tirar a morir para arriba en el telesilla. Fotitas elegantes y disfrute de unas vistas descomunales. Da gusto escuchar a Nacho explicándote qué es y como se llaman cada una de los recovecos de esa tierra y cada cumbre de estos lares. El atlas riojano le dicen. Debajo de nosotros el Chilizarrías, el Guilicerra, La Cuña y el Cabeza Parda, que hace tres horas nos miraban por encima del hombro y ahora les tenemos arrodillados ante nuestros pies. Los Pancrudos guardan silencio porque saben de sobra que, tarde o temprano, habrá que hacerles una visita y demostrarles quién manda aquí.

Ahora si, ya es el momento de hacer cumbre. Nos queda media hora de empujar y portear la bici por un pedregal impracticable con una pendiente que, a tramos, hace bastante complicado el avance. Mi estrategia es usar la bici como piolet. La subo por delante de mi, freno con todas mis fuerzas y aprovecho para agarrarme a ella y ascender un par de pasos. Y así una y otra vez y así va quedando menos. El cansancio es considerable y la sudada toma carices míticos. A mitad de subida me doy cuenta de lo que estamos consiguiendo. Hace apenas tres semanas nacho estaba en modo alcayata, con la espalda para chatarra y sin entrenar durante mucho tiempo. Yo hace pocas horas estaba tirado en una cama con fiebre y con un cuerpo para albóndigas para perros. Me siento orgulloso de los dos y me da la fuerza para el último empujón.

Estoy a en el San Lorenzo, en el cielo de la Rioja, a 2.271 metros de poder darme un chapuzón en el mar y acompañado de la mejor compañía que en ese momento podía tener. Nos abrazamos, nos felicitamos y gozamos, joder, gozamos como enanos porque hemos conseguido lo que llevábamos tiempo buscando. Y nos ha costado, copón, nos ha costado. Habrá gente que piense que sólo hemos subido un monte, pero no, es algo más, es todo. La planificación, las charlas del día antes con una vira, el durante, sobre todo el durante y la meta. Nos faltan Fran y Fosy para rematar la faena y puerta grande pero, así tenemos un buen motivo para volver. Ahora toca disfrutar. Me siento un privilegiado allí arriba. Quizás otros necesiten cosas más sofisticadas para sentirse especial pero, a mi, con esto me basta y me supera. Nos sentamos en el altar, a los pies de la patronísima de esta tierra, la virgen de Valvanera, y con unos buenos trozos de chocolate y de panecillos, disfrutamos de las vistas y del momento. Fotos por aquí, fotos por allá, explicaciones magistrales de Nacho y, muy a pesar nuestro, hay que marcharse y empezar el descenso, que aún queda tajo por ciclar.

Tomamos dirección sur, hacia el collado de las tres cruces. La bajada no es tan pronunciada como por la otra cara que subimos pero, apenas damos pedales en toda la bajada. El sendero dibujado lo mismo es llevadero que una auténtica pesadilla por la cantidad de piedras sueltas que de repente se convierten en auténticos pedregales. Los discos de freno tienen que darlo todo, chirrían y se calienta, lo mismo que se calientan los antebrazos de apretar la manilla en más de un tramo. Bajamos un poco disparatados y a punto estamos de llevarnos algún sustillo pero, hoy el ángel de la guarda descender nos echa alguna que otra mano, al menos en este tramo.

Llegamos al collado y no veo cruces por ningún lado. Paradojas de los lugares y su nomenclatura. Este punto ya es conocido por nosotros ya que pasamos por aquí cuando hicimos el Cordal de la Demanda, hace ya un par de años. Giramos en el cruce a la derecha, por una pista súper cómoda que en teoría nos debía de llevar hasta la estación de ski, en una bajada cómoda, tranquila y relajadamente relajada. No se en qué momento, ni se tampoco por qué motivo pero, de repente, me vi descendiendo por una trocha de mala muerte, devastada por las máquinas que sacan los pinos del monte, rebozado de polvo, sin ver un carajo por el mismo polvo que me reboza y me tapa casi 15 cms de las ruedas de la bici. Piedras por doquier y curvas en los que el freno hace derrapar a las ruedas traseras como auténticos pilotos moto GP. Camino muy incómodo pero, si he de ser sincero, súper estimulante. Bajada a toda velocidad, incluso inconsciente en algún tramo, pero que estaba poniendo una guinda final espectacular a la jornada.

A mitad de bajada llegamos al helipuerto marcado en el Collado de Rebenzalaya. Aquí ya hay que tomar una decisión más seria. Bajar por los siete puentes escoltando al arroyo Usaya o seguir por caminos más cómodos y menos peligrosos. La primera opción es complicada, muy complicada. Técnicamente imposible de bajar montado al cien por cien. Nacho me lo pone muy feo, sabiendo de mi torpeza técnica, sobre todo ante tramos como el que acontece. La decisión es tuya, me dice. Pues bien, si la decisión es mía, decido no quedarme con las ganas y así tener que volver otro día con el saca espinas. Vamos para los puentes y que Dios reparta suerte.

Empezamos la senda que lleva hasta el arroyo Usaya. Bien, cojonudo. Pero, ¿dónde está la senda? A los pocos metros de iniciado el descenso, la senda desaparece ante nosotros. De repente me veo rodeado de brezos y escobas que me llegan por la cintura, me arañan, me escupen, me apalean, me desangran. El suelo está infestado de piedras y raíces que no se apartan ni dan un paso atrás y, lo más cojonudo, es que ni las veo. El descenso, bastante pronunciado, se convierte en una auténtica ruleta rusa. No me gusta, no disfruto, ha bajado ya medio santoral del cielo y media familia de nacho han de tener las orejas bien rojas. No me está pareciendo muy buena idea bajar por aquí pero, a menudo que vamos bajando la cosa va mejorando, cosa que tampoco era muy complicado. Poco a poco la selva va desapareciendo y nos vamos adentrando en los hayedos inmensos típicos de estas tierras.

Estamos en la zona de Cobalasa, en medio del bosque, con un sendero cómodo que seguir pero, de repente, una raíz atravesada en coalición con un escalón de piedra, me hacen una entrada baja por detrás al tobillo y acabo de nuevo revolcado por el suelo cayendo por el terraplén que tenía a mi izquierda. Afortunadamente, los mismos brezos que hace un par de kilómetros me atacaban sin compasión, decidieron echarme una mano y convertirse en un mullido colchón con asidero que impidió acabar con mis huesos bastante más abajo y bastante más perjudicados. Gracias a Dios salgo de nuevo indemne y vuelvo a solicitar testimonio gráfico. Dos carajazos importantes hoy sin lesión alguna, alguien está cuidando de mi, sin duda alguna. Unas risotadas después y unos comentarios de la jugada después seguimos camino abajo hasta llegar poco después a la altura del arroyo.

Aquí empieza la comentada senda de los siete puentes, llamada así por que son siete los puentes de madera que hay que atravesar sobre el cauce del río hasta llegar al final de la senda. Hay que decir que nosotros respetamos la tradición durante los tres primeros puentes. A partir del cuarto decidimos que lo mejor era vadear el río a toda velocidad y a susto o muerte, sin a penas tiempo para reaccionar si el río era muy profundo o muy ancho. El que aquí suscribe consiguió pasar la prueba sin problema alguno salvo alguna mojadura sin importancia. Nacho tuvo algún que otro percance pero que solventó con la calidad que le caracteriza. La bajada fue el broche de oro a una jornada espectacular. Una camino paralelo al río en medio de un hayedo precioso, con rincones de película y con una sensación de libertad y de gosadera increíbles. Que gozada, carajo.

Ya solo quedaba dejarse llevar hasta Azárrula, disfrutando de las sensaciones de haber logrado la cima, los descensos y de haber pasado un día especial. Al final casi 40 kms y 8 horas tuvieron la culpa. Las fotos aún las estoy contando, cuando acabe ya informaré del número. Sin duda el San Lorenzo se hizo esperar, pero la espera mereció la espera con creces, sobrepasando de largo las ideas que anteriormente me había hecho de ese lugar. Y nada hubiese sido igual, claro está, sin la compañía de mi hermano riojano Nacho. Ha sido un placer y un lujazo disfrutar contigo de un día así, de reírme contigo como siempre, de tus lecciones y tus turras. Gracias por un fin de semana especial, como todos los que pasamos juntos. Aho

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